Algunos extractos y reseñas

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Anacaona 

«Tienen razón jurado y editores al pensar que apadrinan la revelación de un auténtico escritor. El autor es Vicente Muñoz Puelles, y la historia, este libro. Lo más importante es lo bien que lo ha escrito. En su estilo sería fácil detectar maestros formales, modelos de estructura... (Juan Tébar. El País. 7-VI-1981)

«La historia no es una sola, sino que se abre como una estrella de muchas puntas. No siempre estas páginas son de contenido rotundamente erótico, y ahí estriba buena parte del éxito, en que el erotismo, casi siempre utilizado a consecuencia de un motivo, se desliza a lo largo de la historia, sin pretender dejar una huella pronunciada y convertirse en protagonista indiscutible.» (María José Echeverría. Quimera. Septiembre 1981) 

Amor burgués 

«Todo, a partir de su mismo título, debe leerse y entenderse en Amor burgués como parte de un juego irónico de honda raíz intelectual. No se trata de una experiencia sobre lenguaje erótico, sino sobre la estructura narrativa, apoyada, eso sí, sobre un pretexto de clara raíz sexual.» (José María Latorre. Quimera. Noviembre 1982)

Campos de Marte 

«Campos de Marte es la narración de la historia de la humanidad a través de sus guerras, victorias, treguas, rendiciones, conquistas y derrotas. Obra de lenguaje muy elaborado, de gran belleza descriptiva.» (María José Obiol. El País. 26-XII-1985)

Tierra de Humo

«Tierra de Humo es un hallazgo para el espíritu ávido... Su autor consigue un tono profundamente conmovedor, de inconmovible dignidad y grandeza, en el que lírica y épica se hermanan armoniosas... Tierra de Humo es una pequeña joya de raro valor. En su conjunto, y en esos fragmentos de artífice altamente sensible, muestra que civilización y barbarie pueden ir unidos» (Juan Carlos Esteban. Quimera. Octubre 1986). 

«El libro es, sin duda, la historia de una obsesión, la del propio autor, que esta vez se ha sentido embrujado por un espacio geográfico, las gentes que lo poblaron y los colonizadores que lo devastaron» (María José Obiol. El País. 26-VI-1986).

«Lectura sugestiva e interesante... Especie de amena e irónica epopeya en torno a una tierra que puede alcanzar casi una dimensión simbólica... El buen pulso narrativo de Muñoz Puelles convierte en relato por momentos apasionante la historia de la Tierra de Fuego y la de sus exploradores» (Santos Sanz Villanueva. Diario 16. 22-X-1992)

«Libro de difícil clasificación, situado a medio camino entre la documentada investigación histórica y la narración libre de acontecimientos encadenados a lo largo de varios siglos... En su largo recorrido el autor ha demostrado cumplidamente sus innegables cualidades para la narración de historias, escritas, además, en un estilo de bruñida corrección lingüística.» (Ángel Basanta. ABC. 6-XI-92)

Sombras paralelas 

«Alejado de barroquismos, proclive a la concisión y al estilo escueto, Muñoz Puelles ha dividido Sombras paralelas en breves capítulos con encabezamiento alusivo –un acierto, estos títulos de aventura y misterio-, de tal manera que todas las concubinas y eunucos, las sedas, el jade y los dragones quedan contenidos en miniaturas sucesivas de dos o tres páginas.» (Santiago del Rey. Quimera. Nº 89. 1989)

«Sombras paralelas es una novela muy notable por su sentido del ritmo, por el interés que despiertan el argumento y sus motivos temáticos, y sobre todo por la equilibrada limpieza con que el autor ha sabido ordenar y fundir los materiales heterogéneos con que ha trabajado.» (Antonio Prometeo Moya. El Urogallo. Mayo 1989.)

«Fábula moral sobre el bien y el mal, el tema del doble o la sombra llevado hasta el límite, misterio y compromiso, hacen de este libro un texto de gran valor literario y, si se apura, hasta documental.» (Leer. Junio 1989)

«Novela escrita con un ritmo narrativo que no decae un instante, gracias, sobre todo, a la habilidad de Muñoz Puelles a la hora de construir su reflexión sobre la identidad y la sombra teniendo siempre en cuenta el respeto al lector y su goce. Lo mismo que Borges dijo de Stevenson, al definirlo como irónico y clásico, se podría decir también de Muñoz Puelles. (Damià Alou. Diario de Barcelona. 21-V-1989) 

El último manuscrito de Hernando Colón 

«He aquí una novela oportuna, ingeniosa y audaz. No ha tenido reparos su autor en lidiar con psicologías abundantemente descritas en los tratados históricos; algunas de ellas, objeto de polémica. Y ha construido un relato agrio, bien escrito y sugestivo, en el que la imaginación se combina con la reconstrucción histórica.» (Joaquín Marco. ABC. 22-III-1992)

Frente a otras novelas al uso y temática, El último manuscrito de Hernando Colón destila sabiduría, capacidad de mixtura y, ante todo, capacidad de atracción, amén de una grata reconstrucción de la historia. (Ramón Acín. Heraldo de Aragón. 18-VI-92)

Huellas en la nieve

«Muñoz Puelles es un escritor excelente, dueño de una prosa cuidadísima, precisa y exenta de fáciles efectismos... Obra traspasada de literatura... Huellas en la nieve es un notable ejercicio de estilo narrativo, de ficcionalización de elementos dispares supeditados a un proyecto unitario... Sus destinatarios ideales serán los lectores muy empapados de literatura, de esos que incluso la colocan por encima de la vida o la utilizan como filtro para contemplar el mundo.» (Ricardo Senabre. ABC. 16-VII-1993)

«Obra ambiciosa con momentos muy afortunados. La secuencia de la expedición a Tasmania constituye un relato corto maestro, cargado de emocionalidad y tensión anecdótica y trascendido a valores generales. Texto de una exigencia, una riqueza y unos logros nada desdeñables y que se agrega al conjunto de una labor muy apreciable.» (Santos Sanz Villanueva. Diario 16. 10-VII-1993).

La emperatriz Eugenia en Zululandia

«Plástico y emocionante cuadro de estos desheredados del poder... En el tratado de los conflictos íntimos, Muñoz Puelles consigue una excelente aproximación a los límites en que la soledad, el amor, la ambición y el desconcierto rozan la enajenación. Historia externa y perturbaciones psicológicas se transmiten mediante un relato hecho con buen pulso, escrito con prosa correcta y eficaz y de lectura muy amena.» (Santos Sanz Villanueva. Diario 16. 11-VI-1994).

«Vicente Muñoz Puelles miente con tal convicción que ha convertido esta peculiar manera de describir el pasado no sólo en su más principal imagen de marca, sino también en su principal argumento narrativo. Y todo porque su mentira posee la suficiente fuerza para transformarse en verdad literaria.» (María José Obiol. El País. 25-VI-1994).

«Prosa luminosa... Al final, el autor transforma la historia completa con un velo irónico, que resalta su decantación por la fuerza y la verdad de la fábula frente a la posibilidad de una verdad histórica.» (Juan M. Pereira. Quimera. Nº 125. 1994).

«Lo más acertado de esta novela se encuentra, sin duda, en el perfil psicológico de sus dos personajes principales, integrado en la gradual suspensión de la intriga, y en su estilo, sencillo y ajustado a la situación anímica expuesta en cada caso, con eficaz empleo del estilo indirecto libre. Páginas especialmente logradas por su expresiva proyección de sentimientos personales en ciertos fenómenos de la naturaleza.» (Ángel Basanta. ABC. 3-VI-1994).

La curvatura del empeine 

«Muñoz Puelles ha escrito la historia de una búsqueda y ha inventado el cómo y el por qué se llega a ese grado de soledad en el que un hombre, Molinier, no se masturba, traviste y autosodomiza porque se prefiere a sí mismo, sino porque siente añoranza de todas las mujeres a las que ha amado. Molinier fue la fuente, pero Muñoz Puelles la ha creado y la ficción se hace cierta.» (María José Obiol. El País. 21-IX-1996)

Óscar y el león de Correos

«Con el relato de una reina de una tribu olvidada que atravesó el tiempo y le mostró a un matemático la dulzura del sexo, Vicente Muñoz Puelles (Valencia, 1948), obtuvo el III Premio La Sonrisa Vertical. Era el año de 1980, y desde entonces, que sepamos, su imaginación le ha ido dictando aventuras, búsqueda de tigres, diarios de hermanos siameses, historias reales de guerras que se repetían en el tiempo y viajes. Con el trazo histórico de uno de esos viajes, que hablaba de la estancia de una emperatriz en Zululandia, consiguió en 1993 el Premio Azorín. También ha confeccionado la biblioteca erótica de Berlanga, redactado sus particulares biografías sobre Goya o Colón y vierte en sus libros, en sus artículos, en toda su escritura, un caudal inagotable de anécdotas inventadas pero verosímiles y de hechos reales absolutamente desconcertantes y fundamentados en una exhaustiva investigación. La de Vicente Muñoz Puelles es sin duda una exuberante carrera literaria que ahora remata con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por el cuento Óscar y el león de Correos, para niños de unos seis años. Es el suyo un trayecto como escritor que amén de apabullante y disciplinado resulta insólito.» (María José Obiol. El País. 18-XII-1999) 

Manzanas (Tratado de pomofilia)

«La narrativa de Vicente Muñoz Puelles, que suma ya un amplio número de títulos, constituye un auténtico cajón de sorpresas. Ha cultivado distintas modalidades novelescas en las cuales se desenvuelve con pareja soltura, y siempre con seriedad, ya aborde una ficción histórica, realista, alegórica, visionaria... Desde un punto de vista formal, sus relatos lo mismo se apoyan en la confesionalidad de un manuscrito que se decantan por una trama “zigzagueante y errabunda”. Prueba de la versatilidad del escritor la tenemos en su pintoresco Manzanas, un original Tratado de pomofilia que revela una escritura ocurrente y creativa. Aunque no sea más que un feliz e irónico divertimento, merece la pena acercarse a estas divagaciones cultas sobre las manzanas (las inevitables del Edén o de Guillermo Tell y otras insólitas) por su inventiva y su expresividad estilística.» (Santos Sanz Villanueva. El Mundo. 1-V-2002) 

Los amantes de la niebla

«El supuesto diario de Elizabeth Siddal supera con mucho la dimensión histórica de los datos biográficos y ambientales que proporciona. De hecho, podría pensarse que Muñoz Puelles hace cierta esa protesta tan reiterada por muchos de los novelistas que cultivan el subgénero histórico: no se pinta el cuadro de un ayer preciso sino un retrato atemporal que habla fundamentalmente del amor y la muerte. A estos dos temas principales hay que añadir una problemática cultural que gira en torno al arte y a la condición del artista. De alguna manera la misma novela ejemplifica la teoría de los prerrafaelistas, que comparte la narradora. No pretendían hacer obras banales, concebidas como puro adorno, ni imitaciones de los antiguos. Preconizaban pintar con la seriedad y honestidad de los maestros antiguos. Y eso es lo que lleva a cabo la protagonista en su diario: escribe con naturalidad, calor y emoción. Pero debajo de esa exposición simple vibra un drama intenso. Aquí está el gran acierto del autor: despejar de retórica innecesaria la confesión de un alma sencilla, noble, trastornada y valiente. Y hacerlo en un tono convincente y hondo y evitando esa sentimentalina degradatoria que pasa por literatura en un sector de nuestra novela actual y no deja de ser eso, exhibicionismo de conflictos lacrimógenos. El diario de Elizabeth avanza con toda naturalidad hacia una tragedia irreparable. La claridad de su sentir y la pulcritud del escribir proporcionan al texto su grandeza. Con este diario intenso y directo, que imagina sucesos del pasado como plataforma de una indagación psicologista con ribetes sociales y estéticos, consigue Muñoz Puelles uno de sus libros mejores.» (Santos Sanz Villanueva. El Mundo. 1-V-2002)

«Lo cierto es que Los amantes de la niebla posee una serie de cualidades que hacen de ella una de las novelas históricas españolas que se me haya dado leer últimamente más inteligentes en su planteamiento y mejor tratadas en aquello que se pretende. Así, el hacer que el esqueleto de la narración se sostenga gracias al diario que llevó durante gran parte de su vida Elizabeth Siddal, la mujer y musa de Dante Gabriel Rossetti, alma mater de la Hermandad Prerrafaelista, y que sea ese diario el único testigo de su excelencia como poeta y pintora, obra robada para la posteridad, y hacernos creer, encima, que esa única prueba de su existir como artista está enterrada junto al cadáver del supuesto usurpador, el que se llevó la gloria, es, desde luego, arriesgado, pero sumamente eficaz. Si a ello se añade una verosímil descripción del ambiente intelectual de aquel grupo, crucial para el desarrollo posterior para el arte y la literatura europeos, algo que está por encima de la información ingente que el autor haya manejado o no, y que tiene que ver más con el talento y la perspicacia de quien recrea la época, no es de extrañar que el resultado tenga algo de fascinante. (…) Desde luego que Muñoz Puelles, algo que demostró en obras anteriores como El último manuscrito de Hernando Colón o Tierra de Humo, es un autor que maneja como pocos la narración histórica, pero es que aquí el detalle, ése que está presente sin que el autor se dé cuenta pero que, de faltar, se notaría su ausencia, lo es todo. (Juan Ángel Juristo. ABC cultural. 18-V-2002)

El último deseo del jíbaro y otras fantasmagorías

«La versatilidad de que hace gala Vicente Muñoz Puelles no le impide formar una obra de una pasmosa coherencia interna. En este libro, raro y precioso donde los haya, tenemos un ejemplo idóneo para afirmarnos en lo dicho. (…) En estos treinta y tantos relatos, el autor muestra a modo de ejemplos el otro lado de la moneda en que se basa nuestra preciada coherencia mental y de qué modo es delgada, frágil, e incoherente, todo sea dicho, esa convención. Todo aquí es raro, al modo de los freaks de feria, un rocky horror show del que, sin embargo, se desprende una contemplación poética nada usual y, algo inherente a la propia atmósfera que siempre desprende Muñoz Puelles, con un aura decimonónica muy apropiada al estado de la conciencia de esa época, dada a la clasificación y resuelta a dar por zanjado lo que era conveniente o no. Es por ello por lo que este libro de Muñoz Puelles sobrepasa el interés anecdótico de lo precioso o lo digno de colección: se inscribe más en las curiosidades al modo en que las entendía Gómez de la Serna que al coleccionismo rococó. Es un modo de cuestionar la normalidad y, de paso, transfigurar lo real en un estado que lo engloba todo. Sólo de esta manera caben en una misma melodía Lobo Veloz, las hermanas Hilton, Mark Twain, Emilio Salgari, el Hombre langosta o la fantasía de H. G. Wells que tenía por título El hombre invisible, y que no por casualidad cierra este preciado volumen. En realidad hace justicia al mismo.» (Juan Ángel Juristo. ABC. 10-I-2004)

Las desventuras de un escritor en provincias

«Se diría que Vicente Muñoz Puelles, que ha situado con frecuencia las acciones de sus novelas en lugares y tiempos remotos, se ha planteado aquí, con un giro radical, una especie de viaje alrededor de sí mismo y de su presente, utilizando como portavoz a un escritor valenciano que presenta cierto grado de parentesco con él y, en gran medida, análoga visión del mundo. El quiebro del doble desenlace, con el autor que hace morir a su personaje, refleja bien este planteamiento. El presente que enmarca la historia narrada incluye una mirada amablemente satírica sobre multitud de aspectos de la actualidad: las dificultades pecuniarias de un escritor que pretende vivir de la pluma, su forzosa dedicación a tareas muchas veces subalternas –artículos, colaboraciones, corrección de textos ajenos, refritos, discursos para políticos–, la infidelidad de las traducciones (págs. 139-140), los celos profesionales, la vaciedad de muchos políticos, los roces con los vecinos de la urbanización, las entrevistas periodísticas estúpidas... Pero, por debajo de esa superficie que oscila entre el humor y la sátira incruenta, laten cuestiones de mayor calado, como la mercantilización de las manifestaciones artísticas y el poder arrollador de la vocación literaria. Las “desventuras” del zarandeado Mariano Marco, su fragilidad, la disociación entre las necesidades prácticas de la vida cotidiana y su mundo ideal, repleto de figuraciones e historias posibles, lo convierten en un Quijote en tono menor, que por eso debe morir para dar paso a “otro” Mariano Marco capaz de controlar el destino de sus personajes. La composición de este tipo novelesco es lo más acabado de la novela. Muñoz Puelles ha derrochado finura y sutileza en la caracterización del escritor provinciano empapado de literatura, y lo ha hecho rehuyendo cualquier asomo de dramatismo –aunque no de melancolía– y recubriendo el conjunto con una leve pátina de humor, en la tradición de Cervantes o de Chéjov, lo que sitúa esta novela muy por encima de otras anteriores del autor, incluso aureoladas con premios.» (Ricardo Senabre. El Mundo. 12-VI-2003)

«Que Vicente Muñoz Puelles es uno de nuestros escritores más dotados y menos valorados no me cabe la menor duda, y ahí están para avalar esta opinión, por lo demás evidente, obras como La ciudad en llamas o Los amantes de la niebla, estupenda recreación del ambiente prerrafaelita del Londres victoriano, por citar dos de sus últimas novelas. Se me ocurren muchas razones para razonar su excelencia como narrador, a mí, que me gusta poco el género histórico y donde el autor descuella por encima de muchos que cultivan el género, pero destacaría por ahora esa habilidad para distanciarse y, a la vez, implicarse en aquello que cuenta, raro don por estos pagos, pero, desde luego, no se me ocurre ninguna, por lo menos, que tenga que ver con lo literario, para explicar la falta de eco que han tenido muchos de sus libros. Pero el auxilio a tamañas preguntas suele venir a veces de manera inesperada y fortuita. Resulta que en esta su última novela, por lo menos para un lector poco avisado, el autor nos describe las peripecias de un autor de provincias que se interroga sobre el fracaso en que cree sumida su vida y, lo que es más importante, su obra. La verdad es que no abunda en España una temática parecida, quizá por falso pundonor o hipocresía o temor, para el caso poco importa. Pero lo que me gustaría sugerir es lo contrario de lo que parezco sugerir, es decir, que para una apreciación justa de esta novela el lector debería prescindir de esa curiosidad un tanto ingenua que le lleva a preguntarse quiénes son en realidad, o bajo qué nombre se esconden, personas o instituciones que forman parte de lo que se ha dado en llamar «el mundillo cultural español» y que muchos pensarán que esta novela está llena de referencias al mismo. Y lo cierto es que se van a encontrar con la creación de un personaje que mueve a risa y a llanto como pocos, suerte de ese extraño sujeto quijotesco un poco venido a menos en que terminamos convirtiéndonos todos, un escritor de nombre Mariano, que vaga por una espectral Valencia en busca de su ínsula Barataria en forma de éxito literario y que, por supuesto, termina en la más burguesa de las conmiseraciones, la que se da uno a sí mismo. Una suerte de Cándido de nuestros días.» (Juan Ángel Juristo. Abc cultural. 1-VII-2003)

El cráneo de Goya 

«Tirar del hilo y comenzar a fabular, así suele ser el mecanismo de escritura de este autor. Con un punto de certeza contrastada es capaz de mover su particular mundo literario. Aunque en ocasiones, la confirmación de esa realidad venga ratificada por documentos o hechos que el propio autor inventa. Nada de esto es ajeno a la vida de ficción, pero es que Muñoz Puelles suele mentir, imaginar, con mucha consistencia. Cruza con maestría, agudeza y cierta genialidad el terreno de lo que es, de lo que existe y de lo que inventa.» (María José Obiol. El País. 21-III-1998) 

«Recuerdo aún que cuando leí por primera vez las narraciones de Muñoz Puelles, con seguridad Campo de Marte y El último manuscrito de Hernando Colón, saludé el original acercamiento literario que el autor celebraba con lo histórico. (…) En El cráneo de Goya, por ejemplo, nos introduce en un thriller bordelés ambientado en el último tercio del siglo XIX, en que el autor juega con dos géneros, el policíaco y el romántico-sentimental, los epígonos mal alimentados de Madame Bovary y La cartuja de Parma, hasta conseguir una novela muy bien equilibrada y donde el hallazgo de los personajes que pueblan el libro, el de Joaquín Pereyra resulta de una gran entidad, no es el menor de los logros de la misma. Al final, como sucede siempre con Muñoz Puelles, aparece otra historia esbozada pero quizá más sugerente que la principal. Aquí hay una suerte de epílogo que hace soñar al lector con el destino de un cuadro donde se da cuenta de la suerte del errabundo cráneo de Goya tratado de un modo un tanto irónico, justa mirada distante a otra historia, acaecida mucho antes y que es la que se narra en el libro, y único modo de finalizar un supuesto misterio que, a lo mejor, se resuelve en unos garbanzos puestos a remojo para un cocido. De que el lector quede fascinado con verosimilitudes así es de lo que hablamos cuando alabamos este toque del autor. Le pertenece y, por tanto, a todos aquellos a los que le leemos.» (Juan Ángel Juristo. ABC. 27-XI-2004) ) 

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